Venecia

Un día de verano, te levantas temprano, abres la persiana y disfrutas de una mañana en la que la niebla hace que te tengas que poner una chaqueta. Te duchas y bajas a desayunar para luego volver a subir para coger una mochila.

Ya listo entras en el autobús que te llevará hasta el muelle. Arranca.

Hay niebla por eso no te das cuenta de por donde vas, de repente empiezas a vislumbrar entre la niebla algunas siluetas de edificios. Poco a poco el manto se levanta, como si se levantara el telón de una obra, ahí está. Venecia.

Sus calles llenas de turistas esconden la belleza de sus calles estrechas y oscuras. Calles que, en el momento que menos te lo esperes, te llevan a uno de los cientos de canales que tiene la ciudad y es entonces cuando encuentras la verdadera belleza de la ciudad.

Mientras andas perdido por sus calles, Venecia puede sorprenderte con, por ejemplo, una exposición de instrumentos antiguos en una iglesia en el que se puede ver clarinetes tan antiguos que aún no se habían inventado todas las llaves, 18 en concreto.

Luego de cenar en un restaurante, nada mejor que un paseo en Góndola. Ese paseo produce un sentimiento especial, ir viendo los edificios antiguos a tu lado clavados en el mar impresiona, parece que estás en un sueño, estás en Venecia. Si tienes suerte puedes encontrarte a tres generaciones de la misma familia de gondoleros cruzándose en mitad de uno de sus canales o, si se lo pides o tiene ganas, puedes escuchar a un gondolero cantar.

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Ya al atardecer vuelves a coger el mismo barco que te llevó a la ciudad, pero ésta vez para alejarte de ella. Mientras el barco se aleja no puedes evitar mirar de nuevo hacia atrás, observar aquella preciosa ciudad y desear volver.

P.D. Ya para acabar os dejo esta magnífica obra: Venecia sin ti, de Charles Aznavour.

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